Nómina
— Frank Cristiani —
Ethan estaba quemado. Horas largas, juntas interminables y presión constante lo habían drenado por completo. Un viernes por la tarde por fin fue a RR.HH. a pedir ayuda.
Andrea, la jefa de Recursos Humanos, era exactamente el tipo de mujer que tensaba la oficina de todas las formas equivocadas.
Alta, unos treinta y tantos, con un cabello rojo llamativo que le caía en ondas sedosas más allá de los hombros, ojos verdes intenso y un cuerpo que claramente cuidaba: pechos llenos, cintura estrecha y piernas largas que siempre parecían estar en exhibición bajo sus faldas tipo lápiz ajustadas. Era sensual de una forma fría e intocable.
No le ofreció compasión. En cambio se recostó en su silla, cruzó las piernas y se le fue encima.
"Tu desempeño lleva meses cayendo, Ethan. Vas atrasado en todos los proyectos importantes. Francamente, te hemos estado cargando. Te estoy poniendo en un periodo de aviso de dos semanas. Usa el tiempo para buscar otra cosa"
Ethan salió de su oficina furioso, humillado y completamente perdido.
Esa noche llegó un paquete pequeño de la herencia de su abuela fallecida. Adentro había un anillo de plata simple, sin marcas. Una nota decía: Cosas buenas cuando se necesitan. Curioso y sin nada qué perder, se lo puso.
En el instante en que el anillo tocó su piel, su espíritu se levantó de su cuerpo. Podía volar, sin peso, invisible, atravesando paredes tan fácil como el aire. Por primera vez en años se sintió libre.
Voló directo a la oficina. Casi todo el edificio estaba oscuro, pero una luz seguía encendida en RR.HH. Andrea estaba sola, trabajando hasta tarde como siempre, tecleando en su oficina con el cabello rojo suelto y la blusa un poco desabotonada por el día largo.
Ethan se acercó, con la idea de gastarle una broma… tal vez tirar algo o hacerla saltar. Pero al atravesar su cuerpo, algo lo jaló con fuerza.
Su espíritu fue succionado adentro de ella como un vórtice.
Abrió sus ojos.
Lo primero que sintió fue el peso de sus pechos llenos presionando contra la tela de la blusa. Bajó la mirada y vio su escote, la curva suave de su estómago, la falda lápiz abrazándole las caderas.
Sus… no, las manos de ella se movieron solas al principio, subiendo para sostenerse los pechos a través de la tela delgada. Eran pesados, cálidos e increíblemente sensibles. Un gemido suave se le escapó de los labios.
Ethan exploró con avidez. Desabotonó la blusa por completo y se bajó el brasier, viendo en el reflejo oscuro de la ventana cómo se le soltaban las tetas perfectas.
Las apretó, rodó los pezones entre los dedos hasta que se endurecieron, mandando descargas de placer directo entre las piernas. Su nuevo coño ya estaba mojado y palpitando.
Se subió la falda, se corrió las panties a un lado y metió dos dedos. La sensación era abrumadora: apretado, caliente y goteando. Se tocó desesperado, el pulgar circulando su clítoris mientras la otra mano seguía jugando con sus pechos.
Los gemidos llenaron la oficina vacía. Cuando llegó el orgasmo fue intenso y de cuerpo completo; las piernas de Andrea temblaron mientras él se corría fuerte en sus propios dedos, los jugos empapándole la mano.
Todavía jadeando, Ethan agarró su teléfono y tomó varias fotos: close-ups de sus pechos desnudos, sus dedos enterrados en su coño, y una de su cara sonrojada y excitada.
Se las mandó todas a su propio teléfono. Con su biometría entró al sistema de nómina. Solo le tomó minutos. Se dio un aumento enorme, duplicando su sueldo, y eliminó su puesto actual por completo.
En su lugar creó un nuevo rol de consultor senior que reportaba directo al CEO, quien casi nunca estaba en la oficina. Ahora, en la práctica, era su propio jefe.
El dinero nunca volvería a ser un problema.
Pero ahí sentado en el cuerpo de Andrea, todavía mojado y con el cosquilleo del orgasmo, Ethan se dio cuenta de que el anillo ofrecía algo mucho más valioso que el dinero.
Podía hacer esto otra vez. Cuerpos distintos. Placeres distintos. Poder distinto.
El anillo, de vuelta en su cuerpo, apenas empezaba a entregar sus recompensas.
Gracias, abuela.

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